Estaba acostado boca arriba sobre su cama, su brazo izquierdo colgaba sobre el precipicio que separaba las limpias sábanas del polvoriento y desgastado piso, roble de color ocre. Su faz estaba ceñida por algún pensamiento, el ir y venir de murmullos y arrugas delataba un hombre cansado que se escondía todos los días tras un traje, un sombrero de copa y un bigote poblado. Fuera del universo de aquel hombre la vida comenzaba tres pisos abajo de su dormitorio, donde el panadero ya se dedicaba a su oficio; ya pronto sería hora de comenzar a aguantar hipocresías y las falsedades de cortejos interminables, ya pronto sería hora de despertar y tomar la bofetada en la cara del guante impecable que se llama vida y se autodenomina realidad.
Su pelo y sus ojos eran grises, el dorado del cuello del traje monárquico le brindaba un cierto realce tiempo atrás cuando era nuevo y deslumbrante, pero ahora gastado y deshilachándose daba aspecto de algún líquido biliar vertido sin cuidado. Frente a un espejo de marco antiguo y fragmentado como telaraña, Norton observaba su cara, una mitad más arriba que la otra, sus labios divididos y sus ojos en una pendiente irreal, la nariz puntiaguda y reminiscente de rasgos de la realeza inglesa se encontraba manchada por un poco de carbón que se encontraba en su chimenea. Se dirigió lentamente al lavabo, con un paño vertido en agua frío removió los rastros de carbón y luego regresó a la cocina donde siete canes lo esperaban ansiosos por ver qué dictaminaría el Emperador que serían las actividades de aquel oscuro día. El primer tema en la agenda sería el desayuno, pero al comprobar que algún descuidado sirviente había tomado su día libre sin dejar repleta la alacena, la decisión que se tomó sería la de honrar a los súbditos del imperio con la presencia del Emperador y sus canes en algunos de los finos locales que circundaban la ciudad de San Francisco.
Frente al edificio en el que vivía Norton se encontraba una extraña tienda indígena que vendía cigarros, vidas e ilusiones; como baluarte de su contenido se encontraba un seudo-totem que reflejaba a un solemne Jefe de alguna tribu Sioux o Cherokee e incrustada en su mano, fuera de lugar estaba un puro que a diferencia de los valores de la sociedad de la que provenía nunca se extinguia. También fuera de aquel edificio se encontraban dos gárgolas de piedra, hombres de 80 años que tiritaban en el frío mientras jugaban damas o ajedrez. Pero, nada de aquello era de importancia para el Emperador y su corte canina. En aquel momento el objetivo fijo que se encontraba en sus mentes y en la saliva espesa que emanaba de sus bocas era el desayuno y mientras avanzaban por las calles bajo los beneplácitos de los numerosos súbditos que se encontraban en sus tareas matutinas, el golpe al estómago de un hambre que corroía las entrañas detuvo al Emperador. Un corto aullido de dolor se dejó escuchar y Lázaro, un can conde del norte de San Francisco cayó doblegado con llagas de frío en sus patas y un disminuido subir y bajar del diafragma. Sus últimos respiros parecieron quedar congelados por el frío de aquella mañana y exhalando en la oscura bruma quedó impresa su lealtad a Norton.
jueves, 5 de junio de 2008
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