Era una mañana otoñal helada y a través de la calle gris sólo las hojas empujadas por el viento se desplazaban. Los edificios altos e imponentes, gigantes en su morada que esperaban el día en que se rebelarían, estaban alineados uno al lado del otro formando un camino asediado en colores por bufones de corte y trompetistas esperando dar la señal del regreso triunfal. El sol que se elevaba grisáceo y tenue sobre el horizonte estaría pronto en su posición sobre el trono montañoso situado al fondo de la corte majestuosa.
Repentinamente al fondo de aquella calle se asomó un hombre ataviado como un rey y seguido por una corte real compuesta por siete u ocho canes. El hombre o mas bien aquel ser magnificente se desplazó lentamente por la calle mientras el pavimento convertido en una alfombra roja se rendía a sus pies en señal de respeto. Los trompetistas y bufones empezaron a sonar la marcha triunfal avisando a plebeyos y nobles por igual el regreso del emperador. La imponencia de aquel sonido mezclado con el aullar de la corte formaba un angelical halo que rebotó sobre las montañas y se extendió por el mundo avisando que el Emperador Norton I había vuelto.
jueves, 5 de junio de 2008
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